Acompañante internacional de derechos humanos en Honduras

Artículo de Jennifer Anspach, acompañante internacional de derechos humanos de Peace Watch Switzerland (PWS) en Honduras.

Tegucigalpa, Honduras

El final se acerca rápidamente. Después de cinco meses como voluntaria, aún no soy capaz de darles la receta mágica para ser una buena acompañante de derechos humanos. Sin embargo, en este artículo, me gustaría expresar lo que este trabajo significa para mí y contarles un poco sobre mi realidad aquí en Honduras.

Ser voluntaria de PWS en Honduras significa vivir en Tegucigalpa, Tegus para quienes la conocen. Es aquí donde viven los voluntarios y pasan la mayor parte del tiempo. A menudo pienso que Tegus es una ciudad a la que no termino de acostumbrarme. Cuando me preguntan si me gusta vivir aquí, no sé qué responder. Hay contaminación, inseguridad, calles bordeadas de restaurantes de comida rápida, basura… Pero Tegus también tiene sus encantos: sus bonitos cafés escondidos, su Picacho con sus vistas impresionantes, su Cerro Grande donde descubrí la escalada, trepando la roca en medio de la ciudad, el parquecito al lado de casa donde voy a pasear, y sus increíbles habitantes. ¡Así que me digo que, al final, fue Tegus la que logró seducirme con el tiempo! Y, después de unas semanas, Tegus se convirtió en “mi casa”. Es el lugar al que me alegra volver después de varios días de acompañamiento en condiciones que a veces pueden ser un poco duras, y donde puedo reunirme con mis colegas y compañeros de piso para hablar del trabajo o, a veces, simplemente para compartir un buen rato.

Ser miembra de PWS también significa formar parte de equipos mixtos, es decir, equipos que combinan extranjeros y hondureños. Antes de irme, era un poco escéptica. Si hablamos de observación y acompañamiento internacional ¿no sería mejor contar sólo con acompañantes extranjeros? Recuerdo que le pregunté a la responsable del proyecto en Suiza si las comunidades no estaban un poco decepcionadas de ver acompañantes nacionales. Después de unos meses, me doy cuenta de lo equivocada que estaba y ahora puedo atestiguar de la riqueza de este sistema. En primer lugar, para los acompañantesinternacionales: cuando llegas a un país donde la cultura es completamente diferente, hay muchos elementos culturales y sociopolíticos que no conoces ni entiendes. Y luego está el idioma. Aunque hablamos bien español, no es nuestra lengua materna, y hay muchas expresiones hondureñas que desconocemos. Los acompañantes nacionales son una fuente de información increíblemente valiosa, tanto desde el punto de vista profesional como personal. Nunca habría podido aprender tanto sobre este país sin la inestimable ayuda de Pedro, Mónica y Elvia. En segundo lugar, estos equipos mixtos son una gran ventaja en las comunidades. Aunque las personas de las comunidades nos siguen llamando “los suizos”, saben que algunos de nosotros son hondureños y creo que eso hace que se les facilite hablar con el equipo de PWS. Saben que los hondureños tienen una comprensión más completa del contexto y automáticamente se crea una confianza. Se puede sentir el vínculo que se forja entre personas que viven la misma historia. Al final, puede que este gobierno disfuncional no me afecte tanto, dados mis privilegios suizos, pero mis colegas hondureños, sí, se ven directamente afectados.

Como observadora internacional, no sólo he aprendido a observar, sino sobre todo a escuchar. He intentado hacerlo en la medida de lo posible sin juzgar. En los últimos meses, me he indignado muchas veces ante situaciones injustas e ilógicas, provocadas por un país cuyo modelo económico favorece sistemáticamente a las élites y abandona a muchos de sus ciudadanos. Aunque mi presencia a veces es útil frente a autoridades que respetan nuestro chaleco verde, también me he dado cuenta de lo impotente que soy en muchas ocasiones. Además, he tenido que aprender a ser más paciente y a gestionar mi frustración. En Honduras, las cosas avanzan despacio, se estancan y a veces cambian de repente. Las luchas a las que acompañamos siguen el mismo patrón. Los defensores y las defensoras se comprometen durante años, incluso toda la vida. Saben que su lucha está plagada de obstáculos, que bastaría un golpe de Estado o un cambio de régimen político para deshacer todo lo que se ha construido gracias a su sudor y a sus muchos sacrificios. Su lucha es, pues, a la vez fuerte y frágil. Luchan para que la gente les escuche por fin, deje de darles la espalda o, peor aún, de insultarles llamándoles “usurpadores”. Luchan simplemente para que la palabra “justicia” tenga significado. A menudo me sorprende la complejidad de las luchas que acompañamos. Estos conflictos son complejos, multidimensionales y tienen raíces profundas. Entran en juego tantos factores y actores: la agroindustria, el extractivismo, el Norte global que hace la vista gorda, un gobierno ausente y corrupto… Aquí, las luchas políticas se convierten muchas veces en conflictos comunitarios: mientras una parte de la comunidad apoya a los terratenientes o los proyectos extractivistas, otra parte los combate. Entonces, como estos conflictos afectan a sus necesidades y derechos más básicos, los vecinos acaban enfadándose y las familias se rompen.

Como acompañante internacional de derechos humanos, en ocasiones he abrazado a gente y, más de una vez, he tenido que contener las lágrimas al ver la tristeza y la rabia de las personas a las que acompañamos, al escuchar historias que no deberían existir o al presenciar situaciones absurdas. Sí, PWS es imparcial, y sí, tenemos que aprender a mantener cierta distancia. Pero a veces es tan difícil. ¿Y cómo no ser humano ante tanta injusticia? ¿Cómo no indignarnos cuando nos damos cuenta de que las personas a las que acompañamos sólo piden un techo, un sistema judicial íntegro, el acceso a la educación y a la sanidad, que al final son derechos básicos? El acompañamiento es un proceso constante de cuestionamiento, en el que a menudo hacemos malabarismos con los límites. ¿Cómo creamos una relación de confianza profesional sin convertirla en una relación amistosa? ¿Cómo mostrar empatía manteniendo la distancia? Es un trabajo que puede parecer muy sencillo: sólo estamos ahí para acompañar y observar. Pero, en realidad, es un trabajo complicado que comporta una gran carga emocional.

Aún me queda un mes para terminar mi voluntariado y sé que necesitaré algún tiempo después de mi regreso a Suiza para poder hacer introspección de estos seis meses. Sin embargo, ya puedo adelantar que me voy a llevar muchas emociones conmigo. Qué suerte poder conocer tan de cerca este país y su contexto. Es muy diferente ver las cosas con tus propios ojos que a través de los medios de comunicación. Por supuesto que había oído hablar del problema del cultivo de aceite de palma, pero nada me hizo ser más consciente del problema que conducir por esas zonas llenas de palmas africanas hasta donde alcanza la vista, en el norte del país. Y qué suerte poder compartir momentos tan fuertes y acompañar a estos defensores y defensoras cuya resiliencia me impresiona tanto. A mis 32 años, me digo que si algún día puedo tener una décima parte del coraje que ellos y ellas tienen, lo habré ganado todo.

También me gustaría aprovechar esta oportunidad para agradecer a todas las personas que han hecho de mi experiencia en Honduras lo que es. Les dedico estas palabras, así como las lágrimas que correrán por mi cara el día que tenga que despedirme.


Foto: Acompañamiento al Movimiento Amplio por la Dignidad y la Justicia y a PALAGUA en Tegucigalpa. PWS 2023