Pequeñas digresiones de un privilegiado

Artículo de Julien Christe, acompañante internacional de Derechos Humanos de PWS en Honduras

Disclaimer: Este articulo es una reflexión particular del autor y no representa la opinión institucional de Peace Watch Switzerland

Tegucigalpa, Honduras, agosto 2022

Leyenda: Militares hondureños protegiendo la cámara de comercio durante una manifestación de campesinos en El Progreso, Yoro

Un acompañante internacional de PWS en Honduras reflexiona sobre
sus privilegios como nacional de Suiza y con su trasfondo personal y profesional.

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Soy un hombre blanco, heterosexual, con educación universitaria de una familia de clase media en Suiza. Baste decir que en la mayoría de los países del mundo se me considera rico, incluso si no estoy en casa. Si hubiera una foto enfrente de la definición de privilegio en el diccionario seguramente sería la mía o de alguien que se parece mucho a mí.

Una vez establecido esto, ¿qué puedo hacer al respecto? No puedo cambiar quién soy o la vida que he vivido o el lugar o la familia en la que nací. Como creo en la igualdad entre todas las personas, tengo que encontrar la manera de utilizar estos privilegios en beneficio de quienes no los tienen.

El trabajo que estoy haciendo aquí en Peace Watch Switzerland es un primer paso. Nuestra presencia en Honduras nos permite brindar cierta protección a las personas que apoyamos. Cuando entramos a una sala de audiencias, los jueces y fiscales saben que sus acciones y decisiones se conocerán más allá de las fronteras del departamento y del país. Y eso les anima, en ocasiones, a adoptar un comportamiento más ético y legal que si no estuviéramos allí. Asimismo con las fuerzas de seguridad del país o guardias de empresa. Pero aquí surge otra pregunta. ¿Cuál es el objetivo final de este trabajo? Aunque necesario en ocasiones, el fin último de una organización como la nuestra y de todos los que trabajan en el país debe ser su propia destrucción. Con esto quiero decir que nuestro objetivo debe ser que ya no se nos necesite, que el pueblo al que apoyamos ya no necesite el apoyo de los de fuera, sino que él mismo pueda llevar a cabo su lucha sin temor a ser asesinado, amenazado o encarcelado. Para ello, necesitamos preguntarnos sobre el potencial transformador de nuestras acciones. Necesitamos cuestionarnos sobre las estructuras patriarcales, racistas, neocolonialistas y elitistas a las que nos oponemos.

Y aquí no estoy hablando sólo de nuestro trabajo. Me refiero a nuestras acciones y nuestras reacciones cuando escuchamos comentarios o somos testigos de acciones machistas, racistas u Homo/lesbo/bi/trans/ fóbicas, entre otras. De manera más general, ¿cómo abolir nuestros propios privilegios? ¿Cómo convertirnos en aliados y no en opresores? Pero aunque el cambio personal es parte de la solución, no será suficiente.

Para eso necesitaremos un cambio del sistema capitalista y militarista global. De hecho, los sistemas de dominación que dan lugar a los ataques a los defensores de derechos humanos que acompañamos tienen su origen en instituciones que sirven para proteger los intereses de una élite.

En el caso de Honduras, se podría citar, en particular, la necesidad de las sociedades “occidentales” de materias primas, energía y mano de obra mal pagada. Esta explotación tiene como resultado la imposición de regímenes antidemocráticos. Incluso si el país pudiera verse desde fuera como una sociedad democrática donde la gente puede votar, el resultado de esta votación nunca ha llevado a una transformación real de las condiciones de vida de los habitantes. Esto se debe a que aquí, y en muchos otros países, el verdadero poder no está allí. Élites económicas corruptas aliadas con países como Estados Unidos y bancos y organizaciones internacionales de “desarrollo” como el Banco Mundial o el FMI, gobiernan la vida del país. De hecho, la presencia de proyectos extractivistas en el país produce beneficios significativos para la clase dominante, en particular, a través de su participación en los proyectos, pero también por la corrupción que los acompaña. Los países que apoyan a sus empresas hacen la vista gorda ante las violaciones de derechos humanos, las deplorables condiciones laborales y el daño ambiental que las acompañan. Lo más importante para ellos son las ganancias y el suministro de materias primas y energía. Incluso cuando vienen a “ayudar” a través de proyectos de “cooperación”, es sobre todo para calmar la lucha de las personas que se oponen a la destrucción de su medio ambiente y de sus vidas.

Cuando eso no es suficiente, subvencionan y entrenan a las fuerzas de seguridad del país para silenciar todas las voces disidentes. Este militarismo creciente tiende, en última instancia, a mantener y reforzar los patrones de poder ya existentes. El ejército lleva en su estructura valores de obediencia ciega y virilismo que en última instancia conducen a la prevención de todos los avances sociales encaminados a la obtención de una sociedad más democrática y menos patriarcal. Las iglesias, y en el caso de Honduras, las sectas protestantes de los Estados Unidos en particular, juegan un papel similar. Los préstamos otorgados por organismos internacionales son otra forma de asegurar el statu quo. En efecto, las abismales deudas contraídas por los estados permiten que estos organismos actúen como legisladores no electos de estos países. Obligándolos a adoptar políticas neoliberales en contra de su voluntad. Aun cuando estas deudas hayan sido contraídas por personas no elegidas democráticamente y que sean, como en el caso de Honduras, narcotraficantes. Todas estas estructuras internas y externas hacen casi imposible la idea de un cambio positivo para el país.


Por lo tanto, además del trabajo que estamos haciendo aquí, necesitamos trabajar para cambiar estas estructuras. Esto sólo será posible cuando la mayoría de los habitantes de los países explotadores que son los nuestros se den cuenta de que nuestra riqueza y nuestras “democracias” sólo son posibles en este sistema a través de la explotación y destrucción de los países y pueblos que explotamos y decidan oponerse a este sistema. Pero para eso sería necesario precisamente que accediéramos a reconocer y renunciar a nuestros privilegios.

Otros que yo están pensando en estas preguntas y de una manera más inteligente. No pretendo dar aquí una solución, sino solo compartir lo que he podido presenciar. Además, como persona privilegiada, a menudo me resulta difícil reconocer o comprender experiencias y situaciones que no he enfrentado personalmente en mi vida.

Por lo tanto, lo primero será callarme y escuchar a todos aquellos a quienes han tenido que negar esta palabra durante demasiado tiempo y dejarles espacio para que ellos y ellas mismes puedan realizar las transformaciones que decidirán.