Artículo de Laura Viedma, observadora internacional de derechos humanos de Peace Watch Switzerland (PWS) en Honduras.
Tegucigalpa, Francisco Morazán, Honduras
El jueves 9 de abril de 2026 tuvo lugar en Trujillo, al norte de Honduras, un taller de mujeres defensoras de derechos humanos organizado por Peace Watch Switzerland (PWS) y Plataforma Internacional Contra la Impunidad (PICI), en el que se reunieron veintidós mujeres.
Fue una oportunidad para intercambiar sobre sus respectivas luchas, los desafíos que enfrentan diariamente y las estrategias que pueden implementar en su trabajo. Este valioso momento de encuentro me permitió reflexionar y cuestionarme sobre lo que significa ser una defensora de derechos humanos en Honduras.
Este artículo se basa principalmente en tres entrevistas concedidas por defensoras provenientes del sur y del norte del país, a quienes acompañamos en el marco del trabajo de PWS, así como en una entrevista con Lorena Mayén Elvir, consultora en derechos humanos — especialmente en derechos de las mujeres y de la niñez — y facilitadora del taller, además del informe elaborado posteriormente sobre esta actividad.
Para comprender la situación de las mujeres defensoras de derechos humanos en Honduras, es necesario interesarse primero por el contexto del país. Ocupando el puesto 112 en el Índice de Desigualdad de Género 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Honduras puede considerarse una nación fuertemente marcada por el machismo[1]. La violencia de género es particularmente elevada y el país ha sido considerado en distintas ocasiones como uno de los más inseguros del mundo para las mujeres[2]. A esto se suma el clima adverso para los derechos humanos que prevalece en el país. Las personas que defienden sus derechos enfrentan diariamente intentos de intimidación que incluyen amenazas (contra ellas mismas o sus familiares), campañas de difamación, criminalización, desalojos e incluso asesinatos[3].
En este contexto hostil hacia los derechos humanos y los derechos de las mujeres, se comprende la dificultad que implica asumir el papel de defensora. Lorena Mayén Elvir lo expresa claramente: «los hombres también sufren estas violencias, pero las mujeres y las niñas se ven afectadas de manera desproporcionada». En efecto, ellas enfrentan un doble riesgo: el derivado de las luchas que llevan adelante y el de ser mujeres, siendo uno frecuentemente utilizado para afectar al otro.
El informe 2025 de la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos en Honduras registra 2.484 agresiones contra mujeres que luchan por sus derechos. Entre ellas se encuentran 46 ataques contra el derecho a la vida (asesinatos, feminicidios y tentativas de asesinato y feminicidio), 170 amenazas, y la mayoría de las agresiones se dirigieron contra el derecho a la integridad personal, convirtiendo a la violencia —incluyendo el acoso, la violencia psicológica, física y verbal, así como el uso excesivo de la fuerza— en el principal mecanismo de intimidación utilizado por los responsables de violaciones a los derechos humanos contra las mujeres[4].
La vulnerabilidad física que las mujeres presentan frente a los hombres parece ser utilizada de manera específica en la represión de sus derechos. Una defensora me explicó que esto influye no solo en la cantidad de violencia sufrida, sino también en la naturaleza misma del riesgo. Los hombres reciben amenazas y ataques, pero cuando se trata de mujeres, estos suelen dirigirse contra sus cuerpos, su integridad sexual y su seguridad, así como contra la de sus hijos e hijas y sus nietos y nietas.

Las defensoras de derechos humanos en Honduras viven una situación sumamente grave. Pero ¿cómo se manifiesta más concretamente este clima sexista? Durante el taller, la gran mayoría de las participantes coincidieron en que uno de los principales desafíos que enfrentan es el machismo, y esto no solo fuera de las luchas, sino también dentro de ellas.
Las mujeres no siempre han sido aceptadas en las organizaciones y han tenido que luchar durante años para encontrar un lugar, primero como integrantes y luego dentro de los equipos de dirección. Según una defensora, en las cooperativas campesinas del Aguán, no fue sino hasta las reformas iniciadas tras el golpe de Estado de 2009 que obtuvieron el derecho a ser asociadas, y en Standard Fruit Company este derecho existe apenas desde el año pasado[5].
Hoy en día, su presencia en las luchas parece estar generalmente más aceptada, pero eso no significa que se trate de un entorno sano. Como el patriarcado sigue estando fuertemente presente, persiste una gran resistencia a que una mujer ocupe un cargo de liderazgo. Sus opiniones suelen ser subestimadas y tomadas menos en cuenta. Les resulta difícil hacerse escuchar y son más fácilmente criticadas y cuestionadas. Así, al ser consideradas menos capaces, con frecuencia se prefiere que ocupen puestos como el de secretaria, limitados únicamente a la redacción de actas.
Además, conciliar la vida familiar con el compromiso en las luchas puede ser extremadamente complicado. Casi el 50 % de la población considera que la madre debería quedarse en el hogar[6] y sigue estando ampliamente extendida la idea de que el hombre es el jefe de la familia[7]. La totalidad de las tareas domésticas continúa siendo atribuida muy frecuentemente a las mujeres, lo que dificulta aún más su participación en la lucha. Una defensora me contó que debe levantarse a las 3:00 de la mañana para atender a sus hijos y a su esposo antes de poder llegar finalmente a la oficina a las 8:00, tras lo cual a menudo le cuesta encontrar un momento para almorzar.
Por último, las mujeres son estigmatizadas de muchas maneras. Se les reprocha descuidar a sus familias y se emiten juicios sobre su moralidad. Todo, incluso su vida íntima, puede convertirse en objeto de críticas o rumores. En una de las conversaciones que mantuve, una mujer me relató que se le negó un cargo porque otro defensor de derechos humanos la había considerado «demasiado mayor para ese trabajo». Y, lamentablemente, siguen existiendo atentados contra la integridad sexual y personal incluso dentro de las propias luchas.
Esta estigmatización no ocurre únicamente dentro de las organizaciones. La Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos en Honduras también ha registrado otros tipos de ataques en su contra, entre ellos numerosos casos de minimización de los riesgos que enfrentan —desacreditándolas a ellas y a sus causas— así como procesos de criminalización. Los ataques también han afectado su privacidad digital; algunos han consistido en la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento, tres cuartas partes de las cuales están vinculadas a la violencia y al odio viral en línea. Por último, uno de los derechos más frecuentemente vulnerados ha sido el derecho a la imagen pública y a la vida privada y familiar, especialmente a través de campañas de difamación[8].
Toda su vida se ve afectada por estas formas de represión, hasta el punto de temer salir a hacer las compras. Además, los cargos que ocupan suelen representar una carga de trabajo considerable, por lo que simplemente no encuentran tiempo para sí mismas, algo que, sin embargo, resulta esencial. Lorena Mayén Elvir me comentó que muchas sufren depresión, estrés, insomnio, trastornos alimentarios e incluso pensamientos suicidas y que, lamentablemente, existe una fuerte estigmatización en torno a la búsqueda de ayuda psicológica. Todo ello termina afectando con frecuencia a la lucha en su conjunto.
Sin embargo, el papel de las mujeres en las luchas es fundamental. Según el testimonio de una defensora, en 1998 la comunidad de Ojo de Agua, en el departamento de Choluteca, recibió un enorme proyecto minero. Al generar empleo, este proyecto pareció inicialmente una oportunidad para la comunidad. Hacia 2009, sus habitantes terminaron comprendiendo que la mina vertía mercurio en el río cuya agua utilizaba la comunidad, provocando, entre otras consecuencias, abortos espontáneos. Las mujeres fueron las primeras en oponerse y en informar más ampliamente sobre los riesgos para la salud y el medio ambiente que representaba la mina.
Su aporte no solo ha dado lugar a importantes avances, sino que también contribuye a transformar poco a poco los estigmas existentes. Su participación en las luchas transmite un mensaje poderoso: una mujer es perfectamente capaz de ejercer el liderazgo. De este modo, se convierten en un modelo para otras mujeres, inspirándolas a hacer oír su voz. Con el tiempo, se han organizado entre ellas y han creado sistemas de apoyo y formación. Durante nuestras conversaciones, me expresaron la alegría que les produce transmitir sus conocimientos a otras mujeres para ayudarlas a ganar autonomía. Así, poco a poco, contribuyen a generar cambios positivos.
Ellas representan la voz de las mujeres de una comunidad y, por extensión, de la sociedad. Por ello, su lugar en las luchas no solo es esencial: les corresponde por derecho propio. En efecto, la titularidad de un derecho humano incluye también el derecho a defenderlo, independientemente del género. Al igual que los hombres, las defensoras guían el cambio que debe producirse. No se trata, por tanto, de una cuestión de género, sino de una cuestión de humanidad.

En un contexto como este, resulta evidente la necesidad de organizar talleres como el que tuvo lugar en Trujillo. Se trata de un día durante el cual las mujeres defensoras de derechos humanos se dedican exclusivamente a sí mismas. Es una oportunidad para respirar y tomar distancia de las dificultades cotidianas.
Durante el taller, definieron de manera participativa conceptos como el liderazgo y aprendieron estrategias que pueden implementar en el marco de su trabajo. Por un lado, esto fortalece sus capacidades de liderazgo. Por otro lado, se trata de conocimientos que posteriormente pueden transmitir a otras personas. Pero, sobre todo, se les enseña la importancia del autocuidado. No se trata de un lujo, sino de una verdadera necesidad. Como me comentó una de ellas, no se puede separar el proceso de formación del proceso psicosocial.
También es un espacio de solidaridad en el que pueden encontrarse e intercambiar experiencias y conocimientos sin sentirse juzgadas. Más allá del enfoque cultural, existe un elemento central que las une a todas: la justicia social. Ciertamente, hablan de las dificultades que enfrentan, pero también se toman un momento para reconocer el camino que han recorrido. Así, toman conciencia de su propia fuerza y de su capacidad para generar este cambio.
Este tipo de talleres es sumamente importante porque contribuye poco a poco a transformar la realidad. Las defensoras se beneficiarían de que se organizaran con mayor frecuencia y también a nivel regional. Paralelamente, sería beneficioso crear espacios de formación dirigidos exclusivamente a los hombres.
Para finalizar la jornada, tiene lugar un pequeño ritual. Las participantes buscan el significado del color de la vela que habían escogido al llegar al taller y luego se reúnen para encenderla una por una. Es una forma de celebrarse y honrarse a sí mismas.

La situación que viven las defensoras de derechos humanos es profundamente injusta. No solo deben luchar para defender sus derechos frente a la violencia cotidiana que enfrentan, sino que también deben hacer frente a un sistema patriarcal ya establecido que, desde siempre, les ha dicho que guarden silencio. Sin embargo, continúan, impulsadas por el amor hacia sus comunidades.
Abordar los derechos humanos de manera integral, como lo hacía Berta Cáceres, es fundamental. Defender a las mujeres significa respetarlas en toda su integridad. Significa escuchar sus voces, así como la cosmovisión que aportan desde las tradiciones de los pueblos indígenas. No se puede aspirar al desarrollo de un país ignorando el bienestar de una parte de su población.
Además de ser necesario, su valentía es admirable. Ellas abren el camino para quienes vendrán después, tal como otras mujeres lo abrieron para ellas antes. Así, como la vela que encendieron al finalizar el taller, su compromiso se transmite y continúa iluminando el camino.
Foto de portada: Mural en homenaje a Berta Cáceres, tomado del sitio web del COPINH «Justicia para Berta». Foto: copinh.org
[1] UNDP – Gender Inequality Index.
[2] https://www.franceinfo.fr/societe/droits-des-femmes/le-honduras-un-calvaire-pour-les-femmes_2185633.html.
[3] https://www.amnesty.org/es/location/americas/central-america-and-the-caribbean/honduras/report-honduras/ ; https://www.hrw.org/world-report/2025/country-chapters/honduras.
[4] Informe 2025 de la Red nacional de defensoras de derechos humanos en Honduras.
[5] Rural women’s experience in the Latin American Agrarian Reforms – Carmen Diana Reere.
[6] Latinobarómetro 2023 – Es mejor que la mujer se concentre en el hogar y el hombre en el trabajo.
[7] INE, Estadísticas de généro en Honduras, julio 2025.
[8] Informe 2025 de la Red nacional de defensoras de derechos humanos en Honduras.